Reflexiones: Noventa y siete y medio

Luis de la Cruz

Reflexiones: Noventa y siete y medio

Luis de la Cruz Noboa | [email protected]

Cómodamente vestido. Caminando con pasos cortos y firmes, apoyado en su bastón y al lado de su hija. Se sentó e hizo un ligero bailecito, para eliminar la modorra. Saludó y sonriendo me dijo: “a solo dos años y medio de cumplir un siglo”.

Inmediatamente aproveché la apertura que me dio para conversarle. Sus 97 años y medio me abrían un catálogo de vida atiborrado de experiencias, anécdotas, consejos.

Casado dos veces, viudo de ambas, sus consortes le antecedieron en el viaje a la eternidad. Me relató su dedicación al trabajo aquí y en EEUU, no lo detenía condición atmosférica ni de salud…un ejemplo de la dignificación que el trabajo genera en el hombre. Se me confesó católico desde chiquitico, por televisión cada día ve el rosario y la misa.

Su longevidad la atribuye a la genética paterna, a su amor por la familia, al amor a Dios, a nunca ser asiduo bebedor ni fumador, y a su mayor aprendizaje de vida: mantener el cuerpo ocupado para que la mente no esté divagando.

Lee los diarios, le asquea la violencia y el irrespeto que se pasea entre nosotros. Considera el país superpoblado, sobretodo desorganizado.

Entiende la condición de los inmigrantes, una vez lo fue, pero asume que las reglas deben ser cumplidas por el extranjero, sin querer imponer sus malas formas.

Sin alabar ni denostar a los políticos pretéritos, reniega de los presentes por corruptos y hasta habló de la necesidad de un cambio.

Las fuerzas y la lucidez las tiene, el cuido familiar, su correcta alimentación y su medicación a tiempo también. Imprime fortaleza a sus piernas caminando en el parqueo donde vive. Hace pocas cosas ya, hizo muchas dice, solo le apena no ir a su natal Mao, ya el viaje lo cansa demasiado.

¡Cuanta valía en una persona! Me deleité, me nutrí, con ese dialogo edificante y amoroso. Reafirmé mi concepto de que sin Dios nada es posible, ya que ante cada pregunta, mi cuasi centenario compañero de banca me lo decía: las gracias a Dios, porque sin Él yo no hubiera llegado aquí.

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