PINCELADAS / El árbol que no daba frutos

Artice
Ernesto Rivera (DUKE).

Ernesto Rivera (Duke) / [email protected]

El Cristo (2-2)

Y con los ojos enrojecidos, la fiebre abrazándole el alma, recuerda aquella escena. Vamos, decía ella, mirando burlona al Cristo. ¿Qué haces ahí con los brazos abiertos? Baja y ven a los míos para que sepas lo que es bueno. Y él tuvo celos del Cristo y lo miró con odio. Y, de pronto, arrancándolo de la cruz, corrió al peñasco y lo tiró al abismo.
¿Por qué habría él hecho aquello? ¿Cómo lo dominaba aquella mujer hasta hacer de él un monstruo? Sus amigos le abandonaron, y ella misma no quiso jamás su compañía.
¿Qué diría su madre si es que en verdad podría verle desde el cielo? Su hijo querido, su pequeño Manuel convertido de pronto en un sacrilegio. Qué lejos estaba ahora la pureza de aquella cinta blanca que adornaba su brazo cuando se acercó por primera vez al banquete eucarístico.
Ahora Manuel lloraba. Y avanzaba la noche. A lo lejos el eco repetía: “Perdona tu pueblo Señor…”
De pronto, corre a la playa, y subiendo en un bote, rema con desesperación sin saber hacia dónde ni hasta cuándo. Súbitamente e cielo se oscurece, se encrespan las olas y furioso el mar despedaza la frágil embarcación en que Manuel navegaba.
No sabe cuánto tiempo luchó contra las olas. Desesperado y rendido sintió entre sus brazos un madero al que se aferró en un último esfuerzo.
Era oscura la noche. Las fuerzas le faltaban, pero puede mucho el intento. Aferrado a aquel madero sin saber de dónde vino, se quedó dormido. ¿Cuánto tiempo?, no se sabe.
Más, al irse la noche, los primeros rayos del alba le hallaron tendido en la playa y abrazado a un madero que semejaba un nombre con los brazos abiertos. Era, de nuevo, el Cristo de su cabecera.

 

Click en la portada para ver edición impresa Edición impresa, BávaroNews