PINCELADAS/ El árbol que no daba frutos

Artice

ERNESTO RIVERA (DUKE) [email protected]

Pero Toñito, que así se llamaba el muchacho, crecía y observaba la vida que llevaban y no se resignaba a ello. Su rabia crecía como crecía su cuerpo.

Su madre lo había amamantado de pequeño, lo mecía en sus brazos, le cantaba canciones que él no comprendía y le decía con voz entrecortada: “Perdona al amo mijo, que un día tu negra vieja va pal cielo y, además, que él no es malo.

Si yo me voy primero, dede allá, dede el cielo te seguiré cuidando y tú va a sé un hombre mucho má grande quel amo”. Pero Toñito crecía y así mismo crecía su odio y su rabia. Así pensaba a solas con su pena, son su impotencia y su dolor rumiando. Que lo perdone dice, que es dizque bueno el amo.

Yo nunca olvidaré que soy Toñito, el hijo de la negra que el amo mató a palo y latigazos, y aquí mismo lo juro, se la coro y él verá lo que puede este negraso. Pasó el tiempo y Toñito hombre, ya como un gigante de ébano fue madurando la forma de vengar a su gente, a su negra vieja la que lo alimentó en su pecho y lo meció en sus brazos.

A la novia que era su gran amor y que el amo la tomó por la fuerza y la hizo suya. No más humillaciones, gimió el negro. A ese maldito juro que lo mato.
A escondidas en el monto, Toñito se ejercitaba haciéndose más fuerte cada día y ensayando la manera cómo eliminarlo sin probabilidades de falla. El negro salió al frente y echó mano a las riendas del animal.

El amo le atacó con el látigo que el negro le arrancó de la mano y tumbó de la montura. El amo haciéndose el gracioso y tratando de hacer creer que no entendía lo que estaba pasando, le dice con una mueca que quiso parecer sonrisa: “Pero tú eres Toñito, el hijo de Mimina”.

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