ENMIENDAS DEL HOMBRE/ Ciertamente invencibles por la fe

Artice
Ángel Leonardo Rojas Peralta.

ÁNGEL LEONARDO ROJAS PERALTA [email protected]

Vísperas de la madrugada, y aun me encuentro sentado en mi balcón, en una propuesta que pretende las justificaciones para un trago de ron y tabaco. Ciertamente agotado física y mentalmente, pues los rigores de mis enmiendas no me dejan respiro.

En inicios de estas horas, argumentando razones que motivaran mis inconformidades, arengando mi mente para incitar rencores hacia los que pretendieron humillar mis esfuerzos al descalificar mis actos de pujanza y nobles intenciones.

En estos calculados pensamientos construidos por mi ego, he pretendido tejer desquites sin ningún fin productivo.

Así han de sentirse muchos que, a pesar de su tenacidad y habilidades, no logran fructificar sus emprendimientos, y sienten que sus respectivos mundos se desmoronan sin remedio, pareciendo que desaparece la esperanza, como si se estuviese condenado a las miserias. Sin embargo, ¿quién pudiere sojuzgar al hombre más que sus propios pensamientos? ¿Quién pudiere con justeza argumentar sus impulsividades y agresiones, basados en oportunidades perdidas, sin que su propia ira lo descalifique y lo condene como culpable? ¿Quién conquistare éxitos desde el lodo, si no se levanta y renueva su esencia con nuevos intentos, una y tantas veces como fuere necesario?

Bien podríamos quedarnos en el letargo lamiendo nuestras heridas, reposados en la tristeza que aclama compasión desesperada, haciéndonos las víctimas irremediables de la mala suerte. ¿Y qué? No habrá como resultado ningún bien sustancioso, los compasivos solo dispensarían limosnas lastimeras, quedaríamos atados a las frustraciones, a depresiones del alma bien fundadas pero estériles.

Así, al asomarse la madrugada, me asalta una fe rebelde, esa que no permite la desesperanza. Me abofetea el espíritu guerrero que cultivo a favor de mi Señor, de mi Cristo Resucitado, y las arengas que encarnan los Evangelios vuelven a gobernar mis pensamientos para que cesen mis insensateces mentales, para no permitirme perecer en la oscuridad mundana.

De tal modo, no queda espacio para dejarse vencer por quien pretende nuestra desgracia, dejamos de dar crédito a malos augurios y no perdemos tiempo abrigando rencores inicuos.

Abrimos nuestros corazones a nuevas oportunidades, reconocemos los dones con que nos ha premiado el Creador, fijamos la mirada en propósitos que no nos puede arrebatar el hombre.

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