ENMIENDAS DEL HOMBRE/ Aceptándonos

Ángel Leonardo Rojas Peralta.

ÁNGEL LEONARDO ROJAS PERALTA /[email protected]

He vivido en los últimos tiempos un proceso doloroso, en el que por alguna razón me he visto segregado de alguna manera. Como si no encajara en ningún lugar, no he logrado establecerme social ni profesionalmente.

He recibido grandes críticas, lamentablemente ocultas en comentarios que no han sido frontales, me han descalificado y desacreditado en muchos lugares y ambientes. Alguien, hace un tiempo, llegó a decir de mí que era poseído por un “espíritu de miseria”.

Debo admitir, que todo esto me afectó sobre manera, llegando al punto de casi creer que era una persona sin remedio, destinado a la desdicha y el desprecio. Dudé de mi humanidad, y pasé momentos de depresión que nubló mi entendimiento de las cosas y de mi realidad misma.

Ciertamente, suelo ser contestatario. Se me dificulta quedarme callado sin opinar, cuando algo me parece absurdo usualmente no puedo evitar decirlo. Por mis dimensiones físicas puedo ser algo intimidante, ayudado por una actitud de barrio que me hace algo irreverente, también facciones no muy agradables que no me hacen elegible para las fotografías.

Debido a decisiones desacertadas o no muy bien planeadas, también he incumplido compromisos económicos, calificable de mala paga, aunque mi intensión no haya sido serlo. Un desastre podría ser.

Sin embargo, refugiado en mi fe, he sentido que el amor de mi esposa no ha disminuido, al contrario, me apoya cada día más, mis hijos son cada vez más tiernos y amorosos conmigo, en la medida que venzo mi propensión a la irritabilidad. Mi madre me abrasa, cada vez que puede, con un amor insustituible.

Por ahí, unos pocos amigos me brindan un respaldo que me anima a estar cerca de ellos y apoyarles por mi cuenta en todo. Al orar cada día, lo más importante, recibo un golpe de afección inconmensurable, una mágica fuerza me invade y me siento amado por Dios.

Así puedo levantarme día tras día con una nueva sonrisa. Concluyo entonces, que me vale más la cercanía de uno que me ame, que cientos que pretendan envolverme en su desprecio. El propósito de amar sin reservas se valida cuando a través de mi servicio cristiano se renueva la fe de alguno y este busca de Dios y enmienda su vida.

Entonces, aceptarme con mis tantos defectos y procurar transformarlos en virtudes es el valor real de mi vida. La aceptación podría ser entonces el truco para no dejarse aplastar por lo que pueda salir mal.

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