Editorial: ¿Reabrir o esperar?

En un mundo con profundos niveles de desigualdad social y desempleo, variables que acentúan la pobreza estructural de los países más carenciados, es comprensible la resistencia de millones de personas para cumplir el confinamiento obligado.

Este denominador común en todo el planeta, afectado por el coronavirus covid-19, mantiene a los gobiernos en una disyuntiva que pone sobre balanza dos situaciones igual de preocupantes.

Por un lado, las peticiones (y presiones) de sectores empresariales y la clase obrera para que se reactive el aparato productivo nacional y retornen la producción y productividad, indicadores básicos para medir la fortaleza económica y el desarrollo de una nación.

Y en el otro extremo, cómo hacer posible esta reapertura sin que esta decisión se convierta en caldo de cultivo para una regresión peligrosa de la enfermedad, que bien puede implicar una escalada alcista con ramificaciones impredecibles en el número de contagios y muertos.

Para el caso de República Dominicana, que antes de la pandemia registraba cifras comparativamente alentadoras en el combate a la exclusión social, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) recientemente proyectó para este año un aumento del 0.8 por ciento de la pobreza, y de 0.4 por ciento de la pobreza extrema.

Los desempleados en nuestro país superan el millón, con la advertencia de algunas empresas de pasar de la suspensión temporal a la separación definitiva de gran parte de su personal.

Reabrir o esperar, esa es la cuestión con la que tendrá que lidiar el Gobierno, con dos poderosos frentes abiertos.

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