Editorial: Miremos al inmigrante

Las pandemias suelen redescubrir realidades deplorables y estremecedoras tan comunes y propias de este mundo, que en situaciones normales pueden pasar incluso desapercibidas, no obstante afectar la vida de muchas personas.

En esos momentos es cuando se apela a la sensibilidad en favor de esos seres humanos que, aunque necesitan apoyo, no siempre son asistidos por el Estado en condiciones de emergencias.

Decimos esto a propósito del difícil episodio que experimentan miles de extranjeros en territorio dominicano, con o sin documentación que avale su estadía en nuestra nación, en medio de una pandemia cuyos crueles embates no discriminan razas, credos, color ni clases sociales.

Nos llegan historias desgarradoras de personas que, con un poco de suerte, logran comer tan sólo una vez al día. A otros la dicha no les sonríe del mismo modo, y saborean el trago amargo de pasar hambre y ver cómo sus hijos se deshacen entre lágrimas e insistentes peticiones que sus padres no están en capacidad económica de concederles.

Los programas asistenciales del Gobierno tienen una dinámica de distribución que no favorece a estos inmigrantes. Y con una cuarentena que castiga con creces el trabajo informal, el escenario se les complica más todavía, porque gran parte de ellos gana su sustento con pequeños negocios y ventas callejeras de mercancías diversas.

Son seres humanos que abandonaron su terruño obligados por contextos hostiles muy ajenos a su voluntad, que trabajan dignamente y aportan al dinamismo económico de República Dominicana. Entonces esta gente también merece ser tomada en cuenta.

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