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EDITORIAL /Bulevar de La Romana, elefante blanco olvidado

uando en el año 2008 las autoridades de La Romana anunciaron la construcción de un bulevar para el deleite de los munícipes de esta ciudad, todos los romanenses aplaudieron de pie y con sombrero quitado, porque se trataba de una obra que daría una nueva cara a este pujante pueblo turístico. Y así fue.

La Romana vio cumplida la promesa de tener un bulevar, que fue edificado a un costo estimado en 56 millones de pesos. Los primeros años de esta obra fueron, sin lugar a dudas, esplendorosos desde todos los puntos de vista.

Esto así, porque no solamente le dio una imagen refrescante, revestida de modernismo a esa ciudad, sino que sirvió para que diversos negocios se instaran en esos predios, aportando de esta manera al sustento de decenas de familias que todavía venden diversos tipos de productos, especialmente comestibles.

Pero la belleza singular de este lugar con el tiempo se fue disipando, hasta convertirse en un sitio cualquiera, donde la delincuencia y la suciedad adquieren un protagonismo vergonzoso, y que cuestiona a las autoridades responsables de mantener la vistosidad que alguna vez tuvo ese bulevar.

La crónica que nos cuenta el periodista Edgar Moreta sobre las condiciones penosas en las que se encuentra este lugar, describe a la perfección el estado de abandono al que ha sido sometida esta costosa obra.

Bajo ningún pretexto se puede buscar explicación, y mucho menos justificar, que una infraestructura que bien podría ser ofertada como atractivo turístico hoy día sea objeto de delitos, bullicios sin control y un basurero a todo lo largo y ancho de este paseo.

No es la primera vez que este medio de comunicación dedica un gran espacio dentro de sus páginas para denunciar la irresponsabilidad de las autoridades frente a obras que fueron realizadas con dinero del pueblo. Lo mismo ocurrió con la piscina que fue construida para los juegos deportivos La Romana 2000.

Esa piscina también le costó a las costillas de la gente 40 millones de pesos, y fue luego abandonada a su suerte, quedando de ella solo ruinas y el recuerdo de una obra que también llenó en sus inicios todas las expectativas.

¿A qué se puede atribuir semejante negligencia? Esta pregunta es muy común entre ciudadanos que ven frustrados sus esperanzas de vivir en una sociedad donde los tomadores de decisiones asuman el compromiso de velar por el bien común. Ojala que este reporte periodístico sirva para, al menos, llamar la atención de los que están llamados a buscar solución.

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