RINCÓN HISTÓRICO / La llegada al centro de tortura del nueve

Macho Cedeño
Macho Cedeño

Antonio Cedeño (Macho) / [email protected]

Pasándose los dedos por el cuello moviendo la cabeza afirmativamente el sargento respondió que seriamos guillotinados. Arévalo captó la señal, y nos comunicó, usando el mismo lenguaje, que debía tomar el centinela por el cuello en caso de necesidad.

A partir de ese instante, vivimos momentos de tensión en el interior del aparato. Estábamos dispuestos a morir, ningún Cedeño o Herrera, seria fusilado como un idiota. Seguimos la marcha, mi posición me permitía ver cómo la alambrada que venía de la parte oeste de ciudad Trujillo, se enredaba entre las torres eléctricas, conduciéndolo, que, abriendo los brazos como gigantes molinos de vientos en forma de cruz, con sus inmóviles aspas atadas parecían envolver las verdes hojas de yerba de guinea, con sus afiladas estructuras abrazar las torres, para recordarle su existencia en el potrero, donde formando un tallo de fuerte ligamento absorbía los nutrientes de la tierra.

Y allá, entre la espesura, centenares de becerros de diversos colores, de engorde, parecían zonas negras cubiertas por la noche, otras zonas de becerros color violetas, que parecía teñir el espacio y otras zonas blancas, se regodeaban entre el verdor del potrero y la abundancia del pasto.

El jeep se detuvo frente a una puerta de metal de más de cinco metros de ancho y unos seis metros de largo, varias cuerdas de alambres de púas, ataban las dos columnas de concreto armado, que para aparentar que se estaba entrando a una residencia veraniega, pintada de verde mar, cambiaba la verdadera fisonomía de prisión, por residencia de la estructura carcelaria.