PINCELADAS / Siete de julio, pinceladas de una vida

Ernesto Rivera (DUKE).

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Epílogo (2-2)

Cuando empiezas a hablar de tu amor a Cristo sobre todo en la Eucaristía, a tu sacerdocio y a tu iglesia se abre mi entendimiento a la grandeza de tu corazón y cuánto amor cabía en él. Le diste todo el amor que te pidió Cristo, todo el que te pidió tu Sacerdocio, todo el que te exigió tu Iglesia y todavía te sobró muchísimo. Ese me lo diste a mí. Los votos que hiciste los cumpliste a cabalidad y algo que la Iglesia no te permitía por los votos de castidad y celibato lo buscaste por el camino de la espiritualidad y el sacrificio. Así tomaste bajo tu cuidado a un niño pobre y enfermo; fuiste para él padre, madre, hermano y amigo. Como se modela el barro o la arcilla así lo modelaste y hoy al hablar de ti hay siempre un nuevo motivo para recordarte y bendecirte. Recuerdo que terminada la dé- cada de los cuarenta llegaste a este pueblo y tu llegada marcó un antes y después. Eras un sacerdote muy joven de recia estampa cuya autoridad se imponía solo con la mirada. Cuando hablabas los hombreas se identificaban contigo, aceptaron que la religión no era solo cosa de mujeres y llenaron la iglesia. Las mujeres, unas por espiritualidad y otras detrás de tu presencia física, (que siempre las hay) también la llenaron.

Los jóvenes atraídos por tus ideas de vanguardia y siempre inquietos te seguían a todas partes. Y los niños se sentían alegres y protegidos en tu compañía. Y yo comencé a darme cuenta de mi transformación cuando el acoso y la persecución contra ti ya no fueron veladas sino abiertas y descaradas. Cuando comenzó nuestro viacrucis supe cuál era mi deber como tu hijo. Eso sí, no he olvidado lo que la sociedad me dio en ti y por eso durante toda mi vida he tratado de devolverle parte de ello. Yo sé que desde el cielo me estarás contemplando satisfecho de tu obra y entenderás que si en algo fallo, como humano que soy, no es tu culpa. Te quiero papá. Tu hijo