PINCELADAS / Siete de julio, pinceladas de una vida.

Ernesto Rivera (DUKE).
Epílogo (1-2)
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Ya para terminar, esta carta que de mis propias manos entregaré un día a su destinatario. No sé si tú aprobarás que terminemos nuestra entrevista de esta forma, pero tenía ese propósito en mente desde hace tiempo y de pronto me pareció que era esta una buena manera de no olvidarlo y que este es buen sitio para guardarla, hasta el día que de mi propia mano pueda entregarla. Querido papá: Cuando tú me
dijiste que estabas preparando tu libro “El sueño de mi corazón”, sabía ya por donde venía la cosa,
porque te conocía muy bien.
Y se me ocurrió escribir esta carta, no con la intención de darla a la publicidad, sino para luego de
leer tu libro comparar y ver si yo estaba o no en lo cierto. Cuando en las primeras líneas hablas de quien sembró ese gran árbol en tu corazón, ya lo sabía porque la abuela, tu santa madre, me lo contó repetidas veces en cada viaje que dábamos a Bonao.
Cómo había sido tu niñez y tu juventud. También me lo habían contado los tíos Pablo, Beltrán y Roselio, quienes hablaban mucho conmigo, no solo de joven, sino luego también de adulto y de médico. Asimismo, las tías Esperanza Masita y Gela. Recuerdo que hasta fui padrino de bautismo de Rafael, el hijo de Masita; y Gela la y después de casado pasaba temporadas con nosotros. Jacinta era extremadamente celosa
de tu condición de sacerdote y no le gustaba oírte llamarme hijo no que yo te llamara papá. Me decía que ni con una haitiana tú dabas un hijo así. En su ingenuidad temía que la gente pudiera creerlo y yo en ese tiempo, como muchacho se lo tomaba a relajo. Hoy día diría: Bien discriminadora la tía.