PINCELADAS / Siete de julio, pinceladas de una vida

Ernesto Rivera (DUKE).

Ernesto Rivera (Duke) / [email protected]

El viaje (4)

Teníamos muchos y buenos vecinos, tanto del lugar como de la ciudad. Casi frente a nosotros estaban Dora y Tolito, que les compraron a Bayaguana y eran fijos vacacionando. Sus hijas con fama de elegantes y fina estampa a los lugareños estaban a la expectativa de su llegada, sobre todo Cucha, porque exhibían los mejores y más vistosos trajes de baño.
Las primeras tangas que se vieron en El Cortecito las exhibió Cucha, que por cierto había representado muy bien a la provincia en un certamen de belleza como candidata a Miss República Dominicana.
El kiosco del patio de mi casa era el sitio de reunión de toda la juventud playera de ambos sexos que allí compartían, se daban sus miraditas, jugaban y tenían a doña Susy que siempre les guardaba algo de comida, café y algún refresco.
Aunque los muchachos no eran maliciosos, sí hacían sus travesuras. Recuerdo que los cuatro míos le robaron un día el burrito a Melo y se fueron paseando por la playa hasta Bávaro, para ver a todos los de su grupo con los que se habían combinado antes del viaje en sus respectivos colegios.
Como abonados gratuitos estaban todos nuestros vecinos, amigos, compañeros de estudios míos y de mis hijos, compañeros del Club de Leones y Leos. Suficientes como para abarrotar nuestro balneario semiprivado. Cuando llegaba la Semana Santa, siempre teníamos un cierto cargo de conciencia con aquello de irse para la playa y no para la iglesia, sobre todo en mi condición de muy religioso y cridado por un sacerdote.
Para tranquilizar un poco nuestras conciencias, en compañía de mi comadre Dora, la esposa de Tolito (que tenía cada allí), organizábamos un viacrucis cada Viernes Santo, y resultaba por ciento muy concurrido.