PINCELADAS / Siete de julio, pinceladas de una vida

Ernesto Rivera (DUKE).

Ernesto Rivera (Duke) / [email protected]

El viaje (1)

Las dificultades del transporte eran aventuras dignas de tener en cuenta, pero las disfrutábamos.
Por ejemplo, yo tenía un viejo jeep Land Rover al que bautizamos con el nombre “La Chencha”. Este arrastraba un carretón en el que se transportaba todo lo necesario para la estadía de por lo menos cuatro días: hielo, agua, víveres, carne, carbón, refrescos, planta eléctrica, radio, etc.
Los días previos al viaje eran un ajetreo inusitado, a fin de que no faltara nada, y cuando partíamos, aquello parecía un safari o el traslado de un campamento de gitanos. El viaje era largo, no tanto por la distancia, sino por lo difícil del camino, pero valía la pena.
Una vez llegados nos olvidábamos del cansancio y nos entregábamos al disfrute total: comer, bañarse, jugar volibol, dominó, bingo, descansar y dormir. Era una verdadera odisea; repito, por lo largodel camino y lo mala de la carretera, incluyendo los puentes, todos de madera, destartalados, con vigas podridas y cayéndose.
Recuerdo que en ese tiempo pasaban por la televisión de Puerto Rico (que era la TV que nos llegaba por entonces), una novela llamada “Sombras Tenebrosas”, que tenía como figura central a un vampiro gordo y estúpido, a veces borrachón, llamado Barnabás Collins. Había también una misteriosa muchachita que se la pasaba cantando un estribillo molestoso y que nunca le encontré razón de ser: “El puente se va a caer, va a caer, va a caer. El puente se va a caer mi dulce amiga. Toma la llave y ciérralo, ciérralo. Toma la llave y ciérralo mi dulce amiga”.