PINCELADAS/ Siete de julio, pinceladas de una vida

Ernesto Rivera (DUKE).
Ernesto Rivera (DUKE).

ERNESTO RIVERA (DUKE) [email protected]

Colegio Mayor Universitario San José de Calasanz (9)

Amadito, su nombre familiar, nació el 2 de junio de 1931 en La Romana. Contrario a la información que antes me habían dado de él, era hijo de un humilde campesino que como él también se llamó Amado García y nieto, además, del general Hermógenes García, ambos contrarios al régimen. Parece que el odio a los tiranos en su familia era algo genético. Bien conocido esto por el Jefe, no se explica cómo es que fuera aceptado en su entorno y que ascendiera tan rápido desde la posición de recluta a la Guardia Presidencial y hasta el Cuerpo de ayudantes del mismo Generalísimo. Más alguien que le conoció muy bien y fue su compañero de armas asegura que conociendo a Trujillo, sus antecedentes y el de toda su familia desde los años de sus correrías y abigeatos por la región Este se interesó con el fin de atraérselo, no sólo a él, sino a toda la familia como amigos y colaboradores de su régimen.

Menos entendible era quien se atrevió a apadrinar a Amadito para llegar allí, ya que al ingresar a la Academia Militar Batalla de las Carreras era muy difícil en esos tiempos y menos aún con esos antecedentes.

Uno de los caprichos del tirano, dicen, era que todos los miembros de su entorno debían ser bien parecidos, tener buena presencia, elegancia, porte y distinción, cualidades que no faltaban precisamente en Amadito, quien, además, era muy serio. Le gustaba el trago, era muy enamorado, bastante reservado, un poco huraño y solitario.

El padrino que lo introdujo fue don Zacarías Reyes, hombre bien serio y honorable, de absoluta confianza y muy amigo de Trujillo en La Romana.
Amadito nunca fue de la simpatía de Radhamés, afirman algunos y para evitarse problemas, dicen que renunció a su puesto, pero que la renuncia no le fue aceptada.

Todo lo contrario. El Jefe, además de asegurarse de su adhesión y fidelidad como hacía con todos los oficiales a su servicio, los comprometía con algo que luego jamás se atrevían a confesar, obligándolos a participar en los fusilamientos de los presos del régimen, sobre todo, los héroes de la invasión de 1959.

También Amadito tuvo que cumplir con esta misión y aún a disgusto suyo, siendo un oficial correcto, obediente y fiel a su comandante, tuvo que acatarlo como el militar en cumplimiento de una orden.