PINCELADAS / Siete de julio, pinceladas de una vida

Ernesto Rivera (DUKE).

Ernesto Rivera (Duke) / [email protected]

Mirtha Carpio y doña Mariquita (2)

Yo reconozco que era necio y molestoso, y que hacía rabiar a la pobre Mirtha más de lo que podía aguantarme, pero era consentido de doña Mariquita.
Comía más que una mazamorra, y los guineítos y los jalaos eran poco para mi apetito, y recuerdo que hacíamos unas pizzas a base de casabe, aguacate, limón y sal, todo aquello obsequio de la casa.
A veces sucedían cosas para mí graciosas, para Mirtha no tanto pero sí dignas de contraste, y aquí va el por qué doña Mariquita me soportaba tanto. A ella le gustaba mucho jugar brica. Este era un juego de cartas con las llamadas barajas españolas, y yo era su frente siempre que no estaba Isolina o doña Felícita Silvestre.
Le encantaba darme un “capote” y hacerme coger cuerda, que siempre lo lograba. Era tramposa en el juego, que eso metía miedo. Dios se lo haya perdonado, aunque a Dios se le ocurriera jugar una partida con ella, le recomiendo tener los ojos bien abiertos. (Con el perdón de su nieto, el Señor Arzobispo).
Un día estábamos jugando y Mirtha estaba con nosotros mirando el juego. Era el tiempo en que ya comenzábamos a enamorarnos, y ella como es natural tenía su noviecito a escondidas. Desde luego, todos éramos cómplices y sabíamos quién andaba detrás de quién.
Yo, molestoso como siempre, comencé a fuñir con una cancioncita en tono bajo: Doña Mariquita: ¿usted conoce un pajarito del monte que come arroz? Mi amiguita sabía por dónde iba la cosa y quería fulminarme con la mirada, pero yo hacía que no la veía. Cállate la boca y juega, decía doña Mariquita.
Yo le digo, después de repetirle muchas veces la pregunta, y Mirtha ya casi al borde de la desesperación. Ese pajarito del monte que come arroz, doña Mariquita, se llama rola, y le está comiendo su arrocito.
El pajarito del monte que come arroz, era hoy mi compadre Rolando Montilla, que comenzada a tenderle los primeros lazos a mi comadre Mirtha. Y le comió por fin el arrocito a doña Mariquita.
Otra anécdota con mi querida comadre, fue un famoso acróstico que le escribí cuando comenzábamos a estudiar literatura en la Secundaria. Para mi mal, aquel acróstico le gustó tanto a doña Ernestina Cedano, nuestra maestra de entonces, que se lo aprendió de memoria y hoy nomás encontrase con ella o conmigo, siempre nos saluda con el dichoso acróstico. No hay manera que se le olvide.