PINCELADAS / Siete de julio, pinceladas de una vida

Ernesto Rivera (DUKE).
Ernesto Rivera (DUKE).

Ernesto Rivera (DUKE) / [email protected]

La escuela (4)

La tercera hermana llevaba por nombre República Dominicana. Me imagino que ese nombre fue escogido por la hermana mayor Elvira; pero todos la llamaban Chichita.

Era la más agraciada de las tres en todo sentido. Muy afable, de conversación agradable y más abierta al trato con la gente común. Se caracterizaba por su pulcritud. Parecía siempre que acababa de salir del baño, pues lucía en todo momento fresca, limpia y perfumada.

Usaba lentes con marco de oro y esto sí que les daba aspecto de intelectual. Yo particularmente siempre la tuve como tal, aunque fuera autodidacta.

Muy entregada a las actividades religiosas, dirigió hermandades y escuelas de catequesis. El tiempo que podía sacar de sus muchas actividades religiosas lo empleaba en tejer, que era su entretenimiento favorito. No entiendo cómo es que no se casó nunca, siendo de tan fino trato y agraciada, porque en verdad sí lo era.

La explicación podría estar quizás, en el hecho de que por ser tan amiga y hasta confidente de los intelectuales de su tiempo, que éstos terminaban viendo en ella a una hermana que a una posible compañera en el hogar.

Puede asegurarse sin lugar a equivocación, que de las tres hermanas, era ella la más frecuentada por intelectuales, poetas y pintores.

De hecho, fue buena amiga y confidente de José Audilio Santana, Antonio Valdez hijo, Tirso Antonio Valdez y de los hermanos Ducoudray.

En su álbum, que fue muy útil en la investigación para escribir sobre la vida y obra de José Audilio Santana, encontré escritos de su puño y letra, versos dedicados por cada uno de ellos a “la muy bella, culta y gentil señorita Chichita Gatón”.

Olvidaba decirte que, también la casa, como si quisiera estar a tono con las personas que la habitaban, era de aspecto gris y sombría. Hoy, destartalada y deshabitada, todavía lo parece.

Y no creas que exageré ni que me las haya tomado con esa familia. No, es que ha sido la imagen que he conservado de ella siempre. A medida que iba creciendo y tomando conciencia, me los imaginaba como los últimos descendientes de una estirpe ya desaparecida.

Cuando todavía hoy veo la casa (que no lo olvides, fue mi primera escuelita), vienen a mi mente escenas como sacadas de las páginas de Edgar Allan Poe.