PINCELADAS / Siete de julio, pinceladas de una vida

Ernesto Rivera (DUKE).
Ernesto Rivera (DUKE).

Ernesto Rivera (DUKE) / [email protected]

La familia

Habiéndole tratado ya durante cierto tiempo, tengo curiosidad por saber acerca de su familia, aunque por su modo de conducirse él ya me la imagino. De todos modos le hago la pregunta.

Mira, me dice. Los padres siempre aseguran querer por igual a todos sus hijos y afirman que no hacen distinción para los mismos tanto en la calidad como en la cantidad.

Mejor es no discutirlo. Pueden negarlo; sin embargo niéguenlo o disimúlenlo siempre se notará una cierta inclinación hacia uno en particular, lo que siempre generará algún resentimiento en los demás. ¿Cómo tratan de explicarlo los padres cuando se hace muy notorio?

Sencillamente te dicen que éste es de salud delicada, que es más débil o que necesita más protección. De todas maneras, sea por lo que sea, algo se deja ver. En mi caso particular, sí fue notorio en cuanto a mi madre se refiere.

Para mi padre nunca fui el hijo preferido y a decir verdad, creo que en algo tenía sus razones. Éramos totalmente diferentes.

El me acusó siempre de presumido, pretencioso y hasta creía que yo sentía vergüenza de ser pobre y que menospreciaba su profesión de zapatero.

Nada más falso y menos a esa edad en que los niños imitan a sus padres en todo y yo en eso no fui distinto. Le ayudé en la zapatería un buen tiempo como lo hace un hijo común y corriente.

Ahora bien, confieso que era mi obligación y como hijo tenía que hacer lo que mi padre me ordenara, pero eso no era lo mío, yo apuntaba para otro lado. No me gustaba estar sucio, y los zapateros por razón de su trabajo siempre lo estaban.

Yo aspiraba a otra cosa y él lo notaba. De ahí supongo que venía toda su frustración en cuanto a mí se refiere.

Luego comencé aprendiendo a hacer pantalones en una sastrería con don Luquitas Dalmasí. Estudié música en una academia con el profesor Mortimer Dalmasí y fui músico en la banda municipal.

Estudié piano con doña Gloria Pión quien, además de pianista, era una maravillosa soprano, lo mismo que con Lucecita Santana, esposa de don Joaquín Soto. En la secundaria estudié música con doña Elia Mena y practiqué un poco de guitarra con mi amigo norteamericano del Cuerpo de Paz, Philip Ranheim. En fin, no desaproveché ninguna oportunidad de aprender y avanzar en la vida.