OCURRENCIAS / Homenaje a la gran mujer

Sonia Castillo.
Sonia Castillo.

Sonia Castillo / [email protected]

Son las seis de la mañana, y me pongo de pie. Al mirar al espejo, veo que me sostienen dos piernas regordetas que terminan en unos dedos deformados. Más arriba están los muslos que dan sostén a mis desfiguradas caderas. En mi estómago un concierto de rayas, y en mi espalda una exhibición de royos, los senos apuntando en direcciones opuestas, y mi cara simplemente siendo el lienzo arrugado donde se dibujan dos ojos, una nariz y una boca.

La intensidad de la mirada es lo único que no ha cambiado, pero aun así con la frente cabizbaja recuerdo con detalle esa imagen que dibuja el cuerpo que me haría sentir especial, ese que se ha transformado, o tal vez ese que nunca he tenido. Solo escucho esa voz, que me recuerda a diario que solo soy una mutante que carga en sus pies una colección de marcas e imperfección.

Pero esa voz que escucho no viene de mi interior, de hecho no es una sola voz, es un recital de voces que me recuerdan a diario lo imperfecta que soy. Esas voces vienen de la sociedad, que se ha encargado de convertir la belleza en culto, el cual requiere de rituales exagerados y sacrificios infundados que prometen el perdón de los pecados, entendiendo por pecado, ser natural.

Pero ya me cansé. Me cansé de querer ser lo que tú quieres que sea, y decidí ser yo, ese equilibrio entre lo natural, lo saludable y lo armónico. Pero sí que me costó callar esas voces, romper las cadenas y aprender a amarme exactamente como soy.

Ha pasado un día, otra vez son las seis de la mañana y me pongo de pie. Pero esta vez al mirarme al espejo no veo piernas regordetas, ni dedos deformados; veo las piernas que me mantiene andando.

Al mirar esas rayas, veo dibujado con tinta indeleble el recuerdo de haber dado vida. Y en el lienzo que sostiene mi rostro veo a una mujer que no se deja, una deidad empoderada, capaz de llevarse el mundo por delante, veo en ella, una gran mujer.