ENMIENDAS DEL HOMBRE / Sin soberbia

Ángel Leonardo Rojas Peralta.

Ángel Leonardo Rojas Peralta / [email protected]

Basta con salir a la calle y observar el rostro de la gente para darse cuenta de la desbordante disposición hacia la ira y la retaliación. En buen dominicano, parece ser que todos andamos “con los guantes puestos”, esperando la mínima provocación para agredir verbal o físicamente, como si esperásemos la oportunidad de desquitarnos con alguien las frustraciones y carencias.
Acuñamos las frases “a mí no”, “yo no aguanto eso”, “a mí no me hacen aquello”, “si fuera a mi…”. Los insultos groseros ofrecen un ambiente metálico en nuestras vías. La mejor muestra está en el tránsito, donde todo el mundo parece tener la preferencia, donde nadie quiere dar paso; atravesarse, andar en sentido opuesto u obstaculizar es ya una firma de nuestro comportamiento cotidiano.
Si observamos el trato con los demás, parece que todos esperamos al necesitado para aprovecharnos y utilizarlos a nuestros fines. Queremos hacer que nos trabajen prácticamente gratis, insultamos, nos burlamos, maltratamos. La desesperación de otro es una molestia, un fastidio para nuestra zona de confort, un obstáculo a nuestra rutina y propósitos. Más bien, al ver a alguien en problemas nos sirve para endurecernos más, en el supuesto de no llegar al mismo estado que él. Ya no nos inmuta la desgracia ajena.
Actuamos sin pedir excusas por nuestros descuidos, mucho menos perdón por nuestros errores. Así, justificamos nuestros actos desbordados con extraordinaria habilidad e “inteligencia”. Dominados por el orgullo tendemos a sentirnos dignos de todas las pleitesías y adulaciones, reyes de un mundo particular en busca de súbditos.
Todo este escenario me hace sonreír cuando escucho a alguien decir: “Ando estresado”. Y como no, si andamos a cuestas con la fórmula perfecta para la desdicha y la tensión. Nuestro andar soberbio solo nos puede agenciar conflictos y confrontaciones, acciones desmedidas solo traen respuestas desproporcionadas. Las reacciones a nuestra arrogancia no pueden ser otras que no sean la agresión y el desquite, las respuestas medalaganarias, la falta de proactividad y compromiso.
Se hace necesario despertar y empezar a generar espacios donde se facilite la convivencia, trabajemos en el restablecimiento de la confianza y las acciones solidarias. Basta de responsabilizar al estado de todas nuestras acciones. Empecemos a pensar también en nuestros deberes y no solo en nuestros derechos. Tratemos de volver a casa con menos remordimientos, hagámoslo con la satisfacción de ser propiciadores del bien, no de nuestras propias desgracias.