ENMIENDAS DEL HOMBRE / Sin egoísmos ni orgullo

Ángel Leonardo Rojas Peralta.

Ángel Leonardo Rojas Peralta / [email protected]

El enemigo más destructor del hombre puede ser su “yo” mismo. Tendemos a la incapacidad de solo sentirnos animados cuando las cosas marchan de acuerdo a nuestros planes, sino la frustración y la desesperanza nos someten. Pero aunque estas emociones negativas surjan de forma espontánea e instintiva, podemos dominarlas sin permitir que nos frenen y nos desalentemos.
Caso contrario, nos desinteresamos por los demás al ocuparnos exclusivamente de nuestra situación particular, al mismo tiempo, pretendemos ocultar nuestra frustración con máscaras que nos muestren exclusivos, exitosos. Dejamos de lado la ayuda y colaboración con nuestros semejantes, en el entendido de que cada quien es responsable de sus asuntos, y en esa misma línea somos incapaces de pedirlas. Así nos aislamos en una batalla particular que nos lleva a acciones hasta de maldad, estas que solo desencadenan en remordimientos y congojas.
Habría preferido la sabiduría de lidiar conmigo, ser ahora un modelo a mi lector de los resultados, sin embargo, comparto con muchos las pesadas rastras de actuar ante mis fracasos de forma egoísta y orgullosa, rastros de personas heridas, rencores y odios, desconfianza frente a lo que a mi concierne, y entre esa gente… yo mismo.
Gracias a Dios, no hace mucho, descubrí capacidades que hacen prevalecer al hombre sin recurrir al aspecto malvado de su esencia: la comprensión del bienestar otorgado por el bien hacer, la asertividad, cooperación y humildad.
Entender que la auto-justificación solo sirve para alimentar la altanería carente de resultados positivos, fue una epifanía. A pesar de los despojos generados por la soberbia, el acto de humillar mi espíritu ha sido un bálsamo, un energizante basado en el amor que me lleva a pertenecer, aclarando mis fines por encima de intereses particulares, por tanto, renueva mi utilidad y compromiso de prevalecer.
En esta actitud, las pérdidas, rechazos, fracasos, no son más que fenómenos normales del existir, etapas de un proceso que habrán de ser superadas, oportunidades para alimentar la sabia experiencia, capacitación a los venideros enfrentamientos con el mal. Entre las líneas del saber, leí una vez: “El orgullo del hombre lo humillará, pero el de espíritu humilde obtendrá honores” (Prov. 29, 23). Este honor, no viene desde el exterior, se engendra desde dentro y se exterioriza a través de la paz mostrada en una sonrisa permanente.