ENMIENDAS DEL HOMBRE / Madres de la calle

Ángel Leonardo Rojas Peralta.

Ángel Leonardo Rojas Peralta / [email protected]

Madre, al oír esta palabra una inmensa mayoría solo puede atinar a aquellas mujeres abnegadas por sus hijos, amorosas, afanadoras por su bienestar. Aquellas que frente a sus retoños pretende hacer valer sus cicatrices, su aguante y sacrificios. Las que su hogar es su templo. De esas todos sabemos, por tanto, procuramos a su tiempo conservarlas, defender su honor, resguardarlas.
¿Y qué de aquellas vencidas por la incuria y la inexperiencia. Jóvenes cuya dignidad es sorprendida por sus licencias para el disfrute, ajenas a la instrucción, rebeldes al orden y la disciplina? ¿Las seducidas por los sueños suntuosos que jamás se concretaron, bañadas por la nocturnidad del oficio desnudo, portadoras de la inconciencia inducida por narcóticos? Hijos de diferentes padres, impudorosas al vestir, sin fe, desconfiadas, víctimas y cómplices de lo ilegal y la violencia.
También en ellas he visto afanes de amor incondicional, a pesar de un desconocimiento total de la buena crianza. Perdidas en incapacidades, luchan por sostener a sus hijos, arriesgan sus vidas por ellos. Podríamos juzgar lo que entendemos como abandono, pero basta verlas en las tiendas, adquiriendo pequeñas prendas y juguetes, almacenando para aquel viaje de reencuentro con su realidad; basta con hablarles un momento, para entender su agonía, quizás por un niño enfermo que no puede atender, a quien no puede enviar los medicamentos completos. Llora, se enfada y maldice por la impotencia, sin tener a quien recurrir, más que a la desdicha de saciar desméritos. Todas ellas fruto del placer desmedido del hombre.
Sin que en la mujer deje de exigir responsabilidad, son los actos irresponsables del hombre los que propician tales infortunios. Cuando olvidamos en ellas la existencia de sentimientos y emociones, por nuestras infidelidades, por el desagradable gusto de comprar la juventud de la carne.
Me avergüenza saber que muy pocos hombres pueden escapar a la complicidad de crear madres de la calle. De cuantas nos hemos aprovechado y abusado, las que hemos corrompido, a quienes hemos robado su juventud e inocencia, las que hemos traicionado. Pienso en las golpeadas, en las que hemos denigrado y humillado, inclusive en las ya muertas y sus huérfanos, y no tengo otra alternativa que ver la gran oportunidad del hombre para tener motivos de enmendarse.