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EDITORIAL / Migración haitiana e interpretación colectiva

En las últimas semanas, los medios de comunicación y las redes sociales han dado un inusitado seguimiento al tema de la inmigración haitiana en República Dominicana, partiendo del criterio de que la presencia de estos extranjeros se ha incrementado de manera extraordinaria.
Ciertamente, los haitianos siguen siendo mayoritarios dentro de las comunidades de inmigrantes que por distintas razones escogieron a este país como destino de residencia temporal o permanente.
Y tampoco nadie puede negar que las autoridades dominicanas hace mucho que perdieron el control de la cantidad de personas que entran y salen de este país como “Pedro por su casa”, como reza el popular refrán.
El tema realmente no es nuevo, por lo que llama poderosamente la atención que en estos días haya tomado singular notoriedad en distintos ámbitos y sectores de la vida nacional.
Los internautas han utilizado el fenomenal alcance de las redes sociales para difundir videos y fotografías, que captan imágenes de haitianos entrando a este lado de la isla de diversas formas. Otras veces se ven caminando en grupos por los poblados fronterizos, que son los primeros en recibirlos.
Las autoridades dominicanas y haitianas mantienen a través del Ministerio de Relaciones Exteriores constantes reuniones, con el ánimo de ablandar asperezas en unas relaciones históricamente marcadas por tensiones, enfrentamientos y conflictos de toda índole.
Estos esfuerzos deben ser vistos como una luz al final de un túnel casi siempre a oscuras y cuando menos en penumbras, de unos vínculos que a todos nos conviene sean tratados con sumo cuidado y más allá de las pasiones que suele despertar este tema.
No pocos dominicanos apuestan a una drástica cruzada contra la población haitiana que vive en nuestro país, regularizados y sin documentación, sin detenerse a pensar siquiera en los impredecibles efectos que traería una decisión de esta naturaleza para la nación dominicana.
Apostar a este tipo de acciones, motivadas por la intencionada instigación de conocidos colectivos y figuras pro nacionalistas, sería echarle leña al fuego a una situación que sólo debe ser manejada en el campo eminentemente diplomático.
Nunca será repetitivo recordar que a una República soberana e independiente como la nuestra le asiste todo el derecho de ejercer su política migratoria, sin pedirle permiso a nadie y en defensa de los intereses y objetivos nacionales.
Pero la realidad dominico-haitiana, por su consabida e ineludible complejidad, impone actuar con sabiduría, y sobre todo mucha prudencia.