EDITORIAL La novia de 12 años

La muerte de Emely Peguero, la adolescente de 16 años que en los últimos días ha sido noticia de primera, resiste no sólo el análisis que se desprende de su inmerecida partida de este mundo terrenal, sino más allá de lo que ha sido públicamente ventilado.
Como los medios de comunicación actúan en función de la lógica que da sentido a su razón de ser, las circunstancias y motivaciones de su infausto deceso ha sido lo que mayormente ha convocado el interés periodístico.
Sin embargo, muy pocos han abordado un ángulo que de alguna manera toca el fondo de toda esta embarazosa situación, que deja una estela ineludible de dolor y sufrimiento imborrables en la vida de esa familia cibaeña.
La propia madre de Emely hizo de conocimiento público que su hija tenía una relación “amorosa” desde los 12 años. A esta edad, las niñas deberían estudiar, jugar; soñar con lo que quisieran ser de grande, para su bienestar y el de su familia, y fortaleciendo su formación hogareña para convertirse en una ciudadana útil para la sociedad.
A Emely le admitieron ser novia sin tener claro el concepto amor y sus complejas implicaciones. Durante el tiempo transcurrido entre su embarazo y la permisividad de sus padres para experimentar un noviazgo a destiempo, a nadie se le ocurrió nunca pensar en el triste final de esta colegiala malograda.
Por supuesto que no. Emely no encontró resistencia alguna para semejante sinsentido, porque los seres humanos no suelen ser propensos a pensar en consecuencias, sino en las vivencias momentáneas de sus actuaciones.
Con 12 años una niña no decide la suerte de entregarse a un hombre en cuerpo y alma. Por eso Emely está sepultada, y dentro de pocos días será olvidada por una opinión pública que muy pronto volcará su atención a otros casos quizás de mayor envergadura para los medios de comunicación.
Será sólo recordada por dos mortales que no supieron entender a tiempo que el deber de un padre consciente de sus responsabilidades es permanente, y por el resto de sus vidas.
Nada ni nadie devolverá la vida a esta adolescente que pagó la desdicha de vivir en un mundo que hace mucho tiempo marcha sin brújula, perdido entre la simpleza de lo cotidiano, y cada vez más alejado de los valores y principios que inspiran la construcción de una sociedad, al menos, mínimamente racional.
Su final pudo ser evitable.