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EDITORIAL / ¿En qué nos hemos convertido?

La semana pasada, el país fue testigo de otra de esas tantas escenas de dolor que desafortunadamente aceptamos como situaciones “normales”.

Una madre aferrada al ataúd donde reposaban los restos de una infante de cinco años, describía el cuadro desgarrador que nos desvela el tipo de sociedad en que nos hemos convertido.

Las imágenes, difundida como fuego en yerba seca por los principales medios de comunicación y por las redes sociales, informaban del hecho cruel de una niña violada y su cuerpo sin vida metido en una funda plástica por sus victimarios.

Los responsables de este hecho abominable fueron tres menores, el mayor de ellos con 16 años. Este suceso fue, sin lugar a dudas, el evento noticioso de mayor trascendencia durante los últimos días, llegando incluso a convertirse en objeto de debates al más alto nivel en diversos sectores.

Las preguntas en busca de una explicación que satisfaga nuestras inquietudes frente a situaciones como estas, bailotean en nuestras cabezas sin respuestas realmente alentadoras. Y mucho menos para una familia que vio desvanecer la vida de una niña que apenas iniciaba su ciclo de vida.
Hace ya muchos años que el mundo cambió, y al parecer nos sorprendió dormidos en discursos trasnochados y desfasados en torno al modelo de sociedad que aspiramos construir, conforme nos exigen esas nuevas realidades.

El nuevo orden mundial trajo consigo una larga lista de innovaciones, unas de las que hemos sacado grandes ventajas en términos comparativos, y otras que no han hecho más que retrocedernos a épocas cavernarias de donde proceden toda clase de conductas repudiables.

El escenario en busca de explicaciones se hace más complejo cuando se tiene por protagonistas a pequeños seres que actúan motivados por fuerzas exteriores, sin que podamos culparlos o señalarlos como responsables de haber cometido tales acciones de forma deliberada.

Nadie nace bueno ni malo. Es la sociedad la que se encarga de moldear las actitudes y conductas que definen y rigen la vida de cada ser humano. Por esto, injusto sería también ser implacables con tres niños que la sociedad misma se encargó de convertirlos en verdugos a tan temprana edad.

El Estado dominicano no puede ver desde las gradas cómo se nos descompone el ideal de tener una sociedad racionalmente habitable. Las sugerencias en torno a qué hacer y cómo hacerlo no es lo que importa en este momento, sino aplicar sin dilación lo que hemos venido debatiendo hasta la saciedad.