EDITORIAL / Dos realidades dramáticas

La mañana del pasado viernes, la comunidad venezolana en Verón-Punta Cana fue estremecida con la infausta noticia de que una compatriota suya había muerto en un accidente de tránsito, ocurrido en la intercepción de las avenidas Barceló y Boulevard Turístico.
Ese día, Careling Chacón Arvelo, de 27 años, fue embestida por un vehículo que apagó su joven vida cuando se dirigía al trabajo. Era entrenadora de un gimnasio.
Su trágico deceso obliga a pensar en dos realidades igualmente tormentosas. La primera tiene que ver con la alta incidencia de accidentes de tránsito que se producen en esta zona turística, a todas horas y en distintos puntos.
Por su naturaleza de distrito turístico, en esta demarcación se movilizan diariamente cientos de miles de personas, en toda clase de vehículos y hacia diferentes lugares.
Entonces esto incrementa las posibilidades de que en algún momento se pueda producir alguna colisión entre los tantos automóviles que transitan por las concurridas calles y avenidas de esta comunidad.
La situación se agrava si se toma en cuenta que hay sitios específicos de las citadas avenidas donde urge el rediseño de construcción, especialmente en los peligrosos cruces que tantas vidas también se han cobrado.
Y sin embargo el problema continúa. Los conductores y la gente de a pie siguen amenazados con terminar sus días arrollados en una de estas vías construidas para correr a más de cien kilómetros por hora.
A ninguna autoridad parece importarle este escenario adverso. sólos se lamentan y comentan los riesgos que implica recorrer estas calles y avenidas, por demás carentes de señalización adecuada y por donde igual circulan miles de turistas de diversas nacionalidades.
Nadie se siente seguro en estas calles, donde la muerte asecha a quienes la transitan. Cada día representa un verdadero reto pasar un cruce por demás sin señales confiables, carentes de semáforos y agentes reguladores de tráfico.
La otra reflexión que se desprende de la muerte de la joven venezolana apunta a la suerte que les ha tocado vivir a esta gente, producto de la convulsión socio-política que arropa a esa nación suramericana.
A esta chica no fue posible llevarla a su país para recibir cristiana sepultura, por falta de dinero para costear los trámites de rigor que implica enviar el cadáver de un extranjero a su patria de origen.
Sus funerales fueron posibles gracias al aporte solidario de sus coterráneos, y el nicho para enterrarla fue donado por la Junta Municipal. Su familia tampoco pudo viajar a República Dominicana.
Dos contextos dramáticos que no pueden pasar desapercibidos.