EDITORIAL / Apostemos a la integridad familiar

Cada día, la sociedad dominicana se ve involucrada en una amplia gama de temas que revisten gran interés para la vida en comunidad. Esa diversidad temática provoca entonces que otros asuntos de igual importancia vayan quedando relegados a un tercer plano.

Así ocurre con temas tan fundamentales para el desarrollo de cualquier sociedad, como es el fortalecimiento de la familia. Casi siempre, cuando los medios de comunicación hablan de esta institución, lo hacen en alusión de situaciones específicas, como la violencia de género, drogadicción o de inseguridad ciudadana.

Sin embargo, relegar el tratamiento continuo de este tema nos convoca a reflexionar en torno a cuál es el propósito básico que debe primar al momento de tratar la realidad que envuelve a la familia dominicana, y qué papel juega realmente en la aspiración colectiva de lograr una sociedad distinta a la que tenemos.

Aunque la lucha por sobrevivir de gran parte de los ciudadanos que habitamos esta media isla impidan prestar atención a cuestiones tan elementales como el desarrollo integral de las familias, es preciso recordar que este mes de noviembre es dedicado a esa gran e insustituible institución.

Entonces justo es reiterar el mensaje que orienta a asumir la familia como un mecanismo por excelencia, desde el cual se pueden impulsar acciones positivas para lograr el fin compartido de construir un mundo justo y de mayor armonía entre los seres humanos.

Este mes dedicado a la familia debe movernos a recapacitar en torno a cómo mejorar la relación entre los miembros de la familia. También mejorar los vínculos de amor y fraternidad entre las familias y a hacer significativos aportes desde el punto de vista eclesial y pastoral.

Estamos moralmente obligados a apostar al buen funcionamiento de las familias dominicanas, partiendo de la premisa de que solo así seremos capaces de afrontar los retos que la nación tiene por delante. Y nada mejor que lograr cambios y resultados sustanciales, que no sea educando a través de la formación en valores, y dejándonos llevar por las doctrinas de la evangelización y la promoción de la familia.

Lo bueno es que todos parecemos estar convencidos de que no existe otra forma de ser exitosos en este cometido, si no es priorizando los valores humanos, cristianos y morales. Estos factores fungirían, pues, como condición indispensable para hacer que la familia sea real y efectivamente una institución formadora de personas y promotora del bien común.