ALGO MÁS QUE PALABRAS / Ya estamos hartos de tantas derrotas

Víctor Corcoba Herrero.

Víctor Corcoba Herrero / [email protected]

A veces pienso que, hoy el ser humano, vive en una permanente sensación de derrota; a juzgar por los diversos ambientes desilusionantes y egocéntricos que nos sacan de quicio. El aluvión de enojados es tan fuerte, que no hay esquina del mundo, donde los moradores muestren un semblante de satisfacción. Todo el mundo parece quejoso, resentido, sin horizontes, con ganas de armarse y de rearmarse para imponer sus doctrinas más populistas, o sea, más interesadas.
Aprovechando este caos de cambio de época, con lo que esto conlleva de desorientación, hay líderes que no vacilan en sacrificar al pueblo, a la ciudadanía de la que presumen y aglutinan como encantadores de serpientes, con tal de injertar un futuro tan efímero como inhumano. Sea como fuere, de un tiempo a esta parte, la propaganda y la mentira nos desbordan y la población anda confundida, sin criterio, para poder formarse su distintiva opinión y poder así discernir.
No es de recibo regresar a otros tiempos cargados de sufrimiento, deberíamos despertar y propiciar otros entendimientos más de donación que de fortuna. Ojalá avivemos una moral comprensiva, respetuosa, que pueda producir lazos que nos unan. Por desgracia, hay demasiados gobernantes asentados en el poder, no en el servicio, conducidos por la avaricia del beneficio y guiados por una conciencia totalmente corrupta. El caso del corrupto que, por su endiosado hacer, ya se cree un ganador, no importándole dejar perdedores a su paso, es el prototipo de ferocidad más salvaje que una especie puede desarrollar.
Humanamente ya estamos hartos de tantas dominadores, que han hecho del poder el mayor negocio de su vida. Para empezar cuesta creer este desmembramiento de la familia, de los hijos con los padres, del amor entre los cónyuges, donde todo se confunde y se hace ideología, con lo que esto conlleva de disgregación y de preocupante carencia, algo que pesará posteriormente durante toda la existencia. Por mucho que quieran adoctrinarnos los del pedestal, lo innato forma parte de nuestro propio medio, y todo ha de hacerse y rehacerse en linaje.
Es lo natural de una civilización nacida para crecer en el amor, no en las discordias, como ahora pretenden muchos gobernantes trasladarnos, sin respetar la genealogía de la persona, la entrega sincera de sí mismo. Efectivamente, ante el referente de tantas familias desunidas, el desconcierto está servido en bandeja mundana.